viernes, 17 de marzo de 2017

"Here come the warm jets", Brian Eno, 1974, Island


El referente inmediato podrá ser el glam rock (o el glam art-rock, si uno sigue los puntos desde Roxy Music), pero el primer álbum solista de Eno ("Brian Eno" aparecería como autor un poco más adelante) parece una pequeña enciclopedia del rock (pasado y, por qué no, futuro) vista desde el punto de vista de un extraterrestre que ha estudiado a la humanidad a través de sus libros de historia del arte. Hay rock de manual, es decir, pero todo parece tan tergiversado -o más- que el infame y genial cover de "Let's spend the night together" que incluyera Bowie el año anterior en "Aladdin Sane". Por ejemplo, "Blank Frank" -uno de los momentos OK del álbum, no de sus puntos más altos- es la marca estilística de Bo Diddley puesta entre comillas y paréntesis y, a su vez, pasada por todo tipo de filtros sonoros: ruido, interferencia, niebla electrónica que deje ver apenas los contornos más básicos (¿y qué más básico para el rock'n'roll que Bo Diddley?). Del mismo modo la urgencia siniestra de "Baby's on fire" mira a Roxy Music y más allá en el pasado, hacia las raíces pantanosas del rock. Ah, e incluye uno de los dos o tres mejores solos de guitarra de todos los tiempos.
Es tan sabido que Eno no toca realmente instrumento alguno como que ha logrado acaso mejor que nadie elegir a los músicos con los que arma cada uno de sus álbumes, tanto en su faceta pop/glamrockera de mediados de los 70s como en su extensa carrera ambient y generativa (Harold Budd y Cluster serían los mejores ejemplos, pero también Laraaji, Gabriel Byrne y Karl Hyde). En "Here come the warm jets", entonces, el reparto no sólo es estelar (Fripp, Wetton, Manzanera, Spedding, Mackay, King) sino que -y esto sería profundizado en discos posteriores, notoriamente "Another green world" (1975)- el conjunto resulta además heterogéneo y hasta contrapuesto: la clave, entonces, fue poner a trabajar juntos a músicos con sensibilidades bien distintas. Y no hacerlo a través de la musicalidad en sí o del lenguaje musical: Eno se comunicaba con los músicos bailando o haciendo gestos. Es decir: con alguna que otra excepción ("Baby's on fire" la más importante) no hubo demos ni bosquejos: apenas gente tocando y un oído atento a lo que podía prometer algo de interés, para luego, ya estrictamente en cuanto a trabajo de estudio, ensamblar las composiciones. Así, el azar del momento y la interacción entre músicos disímiles obra más en la dirección "autoral" que una expresividad individual. En ese sentido, ya hay algo de música generativa o de sistemas emergentes en este álbum debut.
Y está "On some faraway beach": además de que pase fácilmente por el mejor momento del disco, es asombroso como en un contexto poprockero asoma ya una sensibilidad ambient o, mejor dicho, una composición en la que empieza a aparecer en primer plano un paisaje sonoro y un conjunto de texturas, en oposición a una melodía y una armonía específicas.
Los momentos más rockeros: "Needle in the camel's eye" (inseparable ahora de la película "Velvet Goldmine"), las ya mencionadas "Blank Frank" y "Baby's on fire", y también la deliciosa(y engañosa)mente pop "The Paw Paw negro blowtorch", con el momento dulce y melodioso "Cindy tells me" como engranaje con el resto del álbum (y es interesante notar el talento como melodista de Eno, generalmente pasado por alto ante los otros puntos de interés de su obra).
Y ese "resto" es el de las pizas más extrañas y deslumbrantes: está "On some faraway beach" quizá primero, pero muy de cerca (y acaso más intrigante) la loopeada, desconcertante y hermosa "Here come the warm jets", con sus guitarras tratadas para sonar como aviones supersónicos (además de los polirritmos que afloran aquí y allá y el paisaje sonoro subyacente al loop de guitarras) o la melancólica "Some of them are old", con el mejor trabajo vocal del álbum y el final más misterioso, y la oscura "Driving me backwards" y su intrigante paisaje sonoro central.
Finalmente, "Dead finks don't talk" -otra pieza usada magníficamente en "Velvet Goldmine"- ofrece algo así como el repertorio completo del álbum en una sola composición; quizá se resiente cierta cohesión, pero, por otro lado, cabe pensar en esa característica como lo más interesante de la pieza, que cambia drásticamente hacia 2:26 y termina por chocar de frente con el loop desquiciante del final (un recurso similar al de "Chant of the ever circling skeletal family", el cierre de "Diamond dogs", de Bowie, lanzado unos meses después del disco de Eno).
Seguramente el primero de la discografía no es el mejor álbum de Eno, pero más allá del lugar común de señalar que buena parte de lo que haría el inglés en las décadas siguentes está ya presente en ese primer esfuerzo (sea en términos de estilos y sonido como de procedimientos), sigue resultando asombroso e inagotable: un disco del que es imposible aburrirse.

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