domingo, 26 de marzo de 2017

"Machina/The machines of God", The Smashing Pumpkins, 2000, Virgin

Quizá se esperaba que después de "Adore" (1998) The Smashing Pumpkins volvieran a reconectarse con aquella audiencia de adolescentes noventeros ya en camino a la madurez, pero, atendiendo como siempre al ímpetu constructor de catedrales, Billy Corgan (ya que para este punto no había sino una banda de apoyo a un músico solista) prefirió ofrecer el álbum más hermético (en al menos dos sentidos del término) de su carrera. Y el resultado fue partir en dos la vida de esa música que hacía bajo el nombre de The Smashing Pumpkins: nunca más, a partir de "Machina/The machines of God" pareció la música de Corgan alcanzar así fuese la décima parte de la relevancia que había alcanzado en las épocas de "Siamese dream" (1993) o "Mellon Collie and the infinite sadness" (1995). Prolijamente, el quiebre se dio en el último año de la década milagrosa de la banda: lo que vendría después ya no sería culpa de Corgan y compañía. Serían, más bien, tiempos oscuros para todos.
Pero acaso sea el quinto álbum de la banda el más denso, intrincado y fascinante de la discografía; hay, para empezar, una suerte de concepto (cabe pensar, por ejemplo en un disco titulado "Machina" grabado por la banda ficticia "The machines of God", algo similar a lo que había hecho Marilyn Manson con "Mechanical Animals" (1998), bajo, de hecho, la asesoría conceptual de Corgan), con una narrativa tan difusa o inconexa -a la vez que urgente e ineludible- como la de "The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars" (1972), pero notoriamente cargada de esoterismo, alquimia, cábala y hermetismo. Esto quedó reflejado ante todo en el diseño del librillo, con sus páginas simil pergamino y su imaginería alquímica, y, por supuesto, en las imágenes recurrentes en las letras, sobre las que Corgan señalaría apenas su "espiritualidad".
Es un disco extenso (el proyecto original implicaba un disco doble, pero la discográfica, ante las ventas escasas de "Adore", prefirió recortar esos planes), con poco más de 73 minutos de duración y quince composiciones, por lo que encontrar una estructura o un conjunto de zonas o secciones no es tarea fácil; hay, en cualquier caso, un punto especialmente interesante (y suerte de engranaje del disco completo) en la pieza más larga, "Glass and the ghost children", que vendría a funcionar como un subrayado del concepto más amplio. Se trata de una composición oscura y amenazante, con una notoria filiación progresiva, algo así como una hibridación entre el sonido de King Crimson en la época de "Red" (1974) y las bandas del gótico postpunk ochentoso, algo que, por otro lado, siempre fue detectable en el ADN musical de Corgan y su banda. El resultado es acaso una de las obras maestras de The Smashing Pumpkins, con un sonido que avanza a oleadas y a espasmos, que se expande en atmósferas y texturas de sintetizador y guitarra. La estructura básica no es especialmente compleja: hay una suerte de canción (o pauta verso-estribillo reiterada) hasta los 4:10, más o menos, y después un largo intermedio ambiental en el que la voz de Corgan, cargada de efectos, expone buena parte del concepto del álbum; terminada esta sección (hacia los 6 minutos) comienza una coda extendida que suena a marcha fúnebre y concentra toda la melancolía que cabe destilar de los cuatro discos anteriores. Y ya con esto está justificado el álbum: no hay un momento más estremecedor (y seguramente no lo habrá) en la discografía de Corgan y The Smashing Pumpkins.
Acaso valga la pena ensayar una división en tercios del disco, con una sección inicial cerrada por "Try, try, try" (una de las tres o cuatro canciones efectivamente pop del álbum) y una central cerrada por "Glass and the lost children", con todo el peso de una suerte de muerte musical y conceptual, a la que el último tercio -como en "The Matrix" y en los arcanos mayores del Tarot- viene a aportar la resurrección, la transfiguración  y el acceso a una forma trascendente de realidad: en "Machina/The machines of God" eso quedaría en evidencia con "Wound", que parece inyectar tanta energía en los restos del sonido (agotado tras el final de la pieza anterior) que la música se eleva en el aire y estalla en una belleza abrumadora, evolucionando después hacia la oscuridad serena de "The crying tree of mercury".
La analogía con la serie de películas de "Matrix" no es realmente gratuita, en tanto ambas ficciones -la concebible de "Machina/The machines of God" y la de la trilogía de las Wachowskis- están estructuradas, cabe pensar, con la lógica de los arcanos mayores del Tarot y la noción emparentada del "viaje del héroe", más todos los tonos extra aportados por la parafernalia esotérica; así, un primer tercio del disco (desde "The everlasting gaze" en tanto prólogo hasta la ya mencionada "Try, try, try") serviría para proponer el tema básico de acceso a una realidad trascendente, mientras que el segundo podría ser leído como la serie de desventuras o dificultades en ese contexto, finalizando con la muerte del héroe o protagonista y por tanto el nadir de su trayectoria (el momento, en "The Matrix reloaded" en que entra en crisis, diálogo con el Arquitecto mediante, la noción básica de mesías y esperanza, a lo que sigue el acceso de Neo a aquella suerte de limbo subterráneo), para que después una tercera sección disuelva lo entendido por "real" en una nueva apertura a otra forma de trascendencia (el momento en que Neo, ciego, es capaz de percibir el "código" del "mundo real"). El comienzo del segundo ciclo en el disco estaría marcado por "Heavy metal machine", acaso la más agresiva y amenazante de las composiciones, y pese a su final magistral con "Glass and the ghost children" incluye los momentos más deslucidos (y por tanto cabe pensar que superfluos) del álbum: "The imploding voice" y, en menor medida, "This time", que se beneficia (hacia 1:50) de uno de los mejores solos de guitarra del disco.
Por supuesto que la estructura propuesta no es más que un modelo posible, que atiende más a las alusiones esotéricas que a, por ejemplo, el componente metamusical de la historia de una banda de rock ficticia y la vida emocional o incluso romántica de sus integrantes -el asunto a la "The wall" (1979) de "rockstar que se vuelve loco"-, cosa que parece central a canciones como la sugerente "Stand inside your love".
Pero incluso prescindiendo del modelo conceptual o narrativo, la división en tercios parece señalar una diferencia de interés entre el primero, más pleno en canciones pop (otro momento especialmente brillante puede ser "The sacred and profane", con uno de los mejores estribillos del disco, o también "I of the mourning"), y el último, centrado en ambientes y atmósferas, de lo que "Blue skies bring tears" parecería el epítome, con su desolada progresión que se disuelve en ruido y la reiteración del título a cargo de una voz que va fundiéndose en la misma distorsión que pareció llevarse la canción.
Curiosamente, el final -otro momento bellísimo- parece ofrecer, desde la tonalidad mayor de su primera parte y el ímpetu de sus estribillos, tanto una suerte de optimismo como, para la sección central (a partir de 2:30 y ahora en tonalidad menor), un componente enigmático o incluso profético, algo así como una escena poscréditos en las que el hijo del monstruo se estremece entre los escombros.
The Smashing Pumpkins clausuró la década de los noventas con esta obra todavía hoy misteriosa y, a su manera imperfecta, inagotable. Lo que hicieron después, en rigor, no debería importar.

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