viernes, 30 de junio de 2017

"Ambient 3: Day of radiance", Laraaji, 1980, EG


Quizá, sólo quizá, la tercera entrada en la serie Ambient de Brian Eno se encuentra peligrosamente cerca de la llamada música new age. A la vez, sería ante todo injusto pretender señalar en los sonidos  contenidos en "Day of radience", de Edward Larry "Laraaji" Gordon y producido por Eno, aquello que cabe pensar como lo peor de esa new age: mínimo desafío al oyente, placidez edulcorada y pretensiones "espirituales"; y no porque no haya algo de eso en el álbum -lo hay, especialmente en las dos piezas que ocupan el lado B, del mismo modo que abundará en la discografía posterior de Laraaji, poblada por títulos como "En un jardín acuático celestial" o "Portales sónicos" (que admito no haber escuchado: quizá son excelentes, yo simplemente no lo sé)- sin porque, por decirlo de manera bien simple, hay muchas otras cosas.
El lado A consiste en tres variaciones de una pieza titulada oportunamente "The dance"; ¿por qué oportunamente? porque la impresión -en esa cualidad evocadora de mundos imaginarios que hace al mejor ambient- que instala fácilmente en el oyente es el de un movimiento rítmico y regular de entidades suspendidas en el aire, como si a todas las motas de polvo iluminadas por la luz casi rasante que se abre camino por las rendijas de una persiana de pronto se les pudiese atribuir mente y consciencia. Se trata de arpegios (en torno a acordes mayores) tocados en un dulcémele y evocan la música de gamelan; sobre lo tocado por Laraaji operan tratamientos de Eno: faseo y delay sobre todo, que contribuyen a extender a las notas en el tiempo y en el espacio, creando una complicada textura de ecos, repeticiones y decaimiento. Las pautas rítmicas son persistentes, y la pieza evoluciona ante todo por añadidura de golpes en las cuerdas más graves. El patrón es un poco más intrincado en la segunda variación ("the dance #2"), donde la reverberación es además mayor, y eso permite la aparición fugaz de pequeñas melodías a modo de espejismos sónicos; los golpes (recordar que el dulcémele es un instrumento de cuerda percutida) en las cuerdas graves reverberan de una manera tan hermosa que es fácil sentir que el meollo de la propuesta está tanto el lo tímbrico como en lo rítmico, y que la cualidad persistente o insistente tan notoria en cuanto a lo último hace fácil al oído y a la mente acudir a lo primero como fuente de placer estético.
Quizá la más interesante de las variaciones -y la mejor pieza del disco- es la más trabajada por Eno: se trata de un patrón similar al de las dos primeras pero enlentecido artificialmente, de manera que las frecuencias bajan en la escala tonal y las texturas se expanden como si operara un zoom o apertura de la trama; esto funciona tan bien que vuelven a aparecer cualidades melódicas e incluso disonancias al ser tan separados los armónicos del sonido (un poco a la manera en que aparecían patrones rítmicos en "What?", de Folke Rabe), y a medida que avanza la pieza logra evocar un fondo de cuerdas y acordes de sintetizador, armado únicamente en base a la resonancia extendida artificialmente de ciertas cuerdas del dulcémele. Es, sin duda, una obra maestra de la producción como elemento fundamental del sonido, y acá definitivamente que no podríamos estar más lejos -por el peso conceptual implicado- de la música new age o, en todo caso, de lo peor de la música new age.
En ese sentido acaso el lado B sea el menos interesante: las dos variantes o secciones de "Meditation" prescinden de los patrones rítmicos tan marcados e instalan una suerte de música ambient de manual, que aquí y allá, sin embargo, logra momentos de interés. Laraaji grabo esta pieza usando una serie de cítaras y también el dulcémele. Eno intervino tratando el sonido de este último instrumento para generar esa suerte de falso-sintetizador de fondo, pero el resto de lo que se escucha prescinde de loops y otras técnicas de estudio que no sean las sobregrabaciones: es, digamos, una larga improvisación de Larraji en sus cítaras. Los mejores momentos quizá sean los más digamos "misteriosos" (hacia la mitad de "Meditation #2" por ejemplo) y sin duda la belleza de los sonidos se deja sentir, pero en comparación con lo mejor del lado A la pieza puede ser no sólo lo más tenue del álbum sino, en sus momentos menos interesantes, lo más flojo de la serie Ambient completa. Quizá la mejor manera de escucharla es dejándose sorprender: hay cascadas repentinas de notas de cítara que aportan, aquí y allá, una sensación de "accidentes geográficos" que sin duda encaja a la perfección con el concepto posible que vincula a los cuatro discos de la serie y asoma, desde lo visual, en sus portadas que remedan mapas físicos.

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