domingo, 25 de junio de 2017

"My life in the bush of ghosts", Brian Eno y David Byrne, 1982, Sire/Warner Bros



Si hay un disco de David Bowie que demanda una revisión crítica ese disco es "Lodger" (1979); parte del interés que cabe atribuir al álbum, además, está en su influencia no necesariamente sobre "la música en general y el rock en particular" -incierta, además- sino, específicamente, en su lugar en las discografías de su autor principal, Bowie, y el músico invitado más prominento, Brian Eno, y una hipótesis de partida podría ser que "Lodger" resultó más importante en el contexto de la discografía de Eno que en la de Bowie, y  cabe armar una pequeña constelación de discos que involucraron a Eno comenzando por el de Bowie de 1979, siguiendo por "Fourth world, vol 1: possible musics", de Eno con John Hassell, e incluyendo también "My life in the bush of ghosts", de Eno con David Byrne. El elemento en común aparece de manera más tenue en el álbum de Bowie, pero también (fue grabado en 1978) se trata del primero de la serie y el que por tanto puede reclamar para sí el lugar fundacional: no pocas de sus canciones, es decir, incorporan la fusión de ritmos o escalas "exóticas" al oído musical occidental (reggae y música turca, por ejemplo, en "Yassassin"), y en ese sentido prefiguran (no estoy diciendo que sea "el primero": hay aportes de Can en este sentido que son anteriores) lo que después sería llamado "world music" y que encontrará en los álbumes de Eno y Hassell y Eno y Byrne una propuesta más rotunda y clara.
Una lectura lineal del asunto podría establecer que Eno incorporó esa inquietud "globalizadora", digamos, al trabajo en "Lodger" -si bien el disco es el "menos Eno" en algún sentido de la llamada trilogía de Berlín es también aquel en que más libertad le fue conferida-, aunque la idea de hacer del disco una suerte de álbum conceptual sobre el movimiento de un personaje (el "lodger" del título) alrededor del mundo ha sido atribuida a Bowie, y que después, no del todo contento (como declararía por ahí) con el resultado obtenido en el disco de Bowie, se propuso explorar con otros colaboradores acaso más afines a la idea o a la manera preferida de llevarla a cabo. Así, el álbum con Byrne usaría samples -una vez más: tampoco es la primera vez que eran usados samples de esta manera, pero si una de las primeras en que el sampleo es llevado al paroxismo- y loops tomados de esa visión globalizante de la música y los utilizaría en un contexto de música electrónica e incluso experimental. El resultado es un disco que sin duda debió sonar extraño en su momento y que milagrosamente no suena ni consabido ni cliché ahora, cuando el procedimiento es ya tan pop como "Play", de Moby. Por el contrario, las operaciones y procesos notorios en el disco terminan por articularse en algo que va más allá de la música en tanto expresión de la invidualidad de su creador o creadores pero que no termina por instalarse del todo en el contexto de una pieza generatiza o estocástica (como "Discreet music", de Eno). En el contexto de la discografía de Talking Heads, además, los ritmos africanos adquirían ciertos significados especiales y eran más fácilmente asimilables a una noción de la música como expresión (no una noción simple, por supuesto), y en este disco, sin embargo, si bien nada llega a sonar del todo robótico o azaroso, la tensión entre esos dos extremos del digamos espectro intencional de la música convierte a las nueve piezas (18 en la versión extendida de 2006) en un repertorio de extrañezas.
No hay terror, por otro lado, ni algo estrictamente inquietante, pese a que una de las composiciones ("The Jezebel spirit") usa la voz de un exorcista, pero si parece configurarse un ambiente vasto y frío, como una versión mucho más detallada y extensa de "Metropolis", de Kraftwerk.
Una de las piezas más fascinantes es "Regiment", que utiliza sampleos de una cantante libanesa sobre una base de bajo funky con toques de ska y un paisaje sonoro de sintetizadores de Eno y guitarras de Robert Fripp, que dialogan con la melodía vocal como si intentasen reproducirla: una IA que intenta aprender el lenguaje humano.
"Help me somebody" (la más Talking Heads) y "America is waiting" aportan el toque de americana con sus predicadores y sus entrevistas de radio, mientras que la ya mencionada "Regiment", "Qu'Ran" y "A secret life" aportan el lado de Cercano Oriente, que reaparece -de manera más tecnologizada, si se quiere- en "The carrier", a la vez que lo "africano" -presente en texturas de percusión ante todo- atraviesa el álbum completo (y Eno luego hablaría de su "fase africana"). Una de las piezas más memorables desde lo rítmico es sin duda "Mea culpa" (junto a "Help me, somebody"), la segunda del lado A, con su loop implacable de percusión (que suena a maderas y a tambores taiko japoneses) y su ambiente igualmente loopeado de sonidos de sintetizador.
La cultura del sampleo -musical, literaria, plástica, lo que sea- puede reclamar en "My life in the bush of ghosts" (título tomado de una novela del nigeriano Amos Tutuola que ni Eno ni Byrne había leído: gesto elocuente como pocos) una de sus piedras de toque: todo está disponible, todo es reciclable, todo puede ser conectado con cualquier otra cosa. Por supuesto, después la cultura de la corrección política llamaría la atención sobre la dudosa ética neoimperialista de la apropiación de bla bla bla (insértese acá algún argumento quejica y llorón). Ah, y "Qu'ran" no fue incluida en la nueva versión de 2006. Otros tiempos, sin duda.

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