sábado, 24 de junio de 2017

"Songs from the wood", Jethro Tull, 1977, Chrysalis

Quizá no fue tan marcado el cambio entre "Too old to rock'n'roll too young to die" y el décimo álbum de Jethro Tull, no al menos en cuanto a una posible distancia entre lo ofrecido y el sonido consabido de la banda, pero si nos detenemos en las melodías, en cierta atención a las armonías, en ciertos arreglos en particular y, especialmente, en las letras, queda más claro como al hard rock virtuoso -pero siempre con una marcada apuesta por la musicalidad antes que por la exhibición gimnástica- y con elementos progresivos lo sucedió un sonido que construye una apropiación específica e idiosincrática del folk inglés. E "inglés" es el término clave quizá: el álbum poco tiene que ver con la escena folk estadounidense de la década anterior y con el rock-folk posterior, del mismo modo que nada de lo ofrecido era estrictamente "nuevo" para la banda (hay antecedentes en "Aqualung", por ejemplo) y, de paso, si destacamos en "Songs from the wood" un diálogo delicado entre las guitarras acústicas y las eléctricas, digamos que eso ya era una marca de Jethro Tull y que, en todo caso, en el álbum de 1977 eso cobra una dimensión más perfecta, por decirlo así.
A la vez, el disco está ofrecido desde el comienzo -desde la tapa, de hecho, y de una manera mucho más notoria que la que opera en los dos discos que siguieron y que integrarían esa suerte de "trilogía folk"- como una suerte de tenue álbum conceptual, en tanto cabe pensar que todo el disco contiene esas canciones que la banda nos trajo desde los bosques. La operación es un poco más compleja que una idealización romántica de la naturaleza -porque en última instancia el disco está lleno de humor (como si no se tomara exactamente en serio, y ya en la portada se habla de rimas de las alcantarillas y prosa de la cocina) y porque siempre asoma aquí y allá un lado un poco más digamos "oscuro" de esa naturaleza- pero, en esencia, acá se habla de una realidad más auténtica y de un canal entre ella y nosotros a través de la música: las canciones, después de todo, te harán un hombre mejor, como dice la de apertura, que instala el ciclo con sus bellísimas armonías vocales (algo que había empezado a operar en "Thick as a brick" y que luego la banda no exploró a fondo) y probablemente el mejor trabajo como cantante de Ian Anderson en toda su carrera (en esta canción y en todo el disco, de hecho). Lo que sigue, entonces, puede ser pensado como la colección de esas "canciones del bosque" anunciadas por la primera: "Jack-in-the-green" es bastante clara al respecto, en tanto apela a una figura mitológica que, pese a la urbanización creciente y a la humanización extrema del paisaje ("these changing times / motorways, powerlines") persiste en su lugar y su función, que además de su rol (de hombre disfrazado con hojas verdes) en las fiestas de mayo del folklore británico/pagano puede ser vinculado al "hombre verde" de las mitologías europeas, una suerte de deidad de la vegetación y el renacimiento cíclico de la naturaleza, interpretado en el contexto de la wicca moderna como una encarnación del dios cornudo (Cernunnos, Pan, etc).
"Cup of wonder" insiste aún más, con sus referencias a Beltane, a las fiestas de mayo, a los ancestros que trazaron las lineas en el territorio, al hombre verde una vez más, a las "lines of nature's palm / crossed with silver and with gold" y a la sabiduría ancestral del emocionante estribillo ("Pass the cup / and pass the lady / pass the plate to all who hunger / pass the wit of ancient wisdom / pass the cup of crimson wonder"), todo adecuadamente presentado con melodías y arreglos que dicen "folklore" y "bretaña" desde cada tiempo de cada compás: pero la flauta, las mandolinas, las guitarras acústicas dejan un espacio -y uno esencial- a la guitarra eléctrica y su riff, como si la banda dejara claro que todo lo que había hecho en los últimos años todavía está allí y que, más que cambiar, el sonido se ha expandido.
"Ring out solstice bells" (que había sido lanzado pocos meses atrás como pieza principal de un EP) parece además de seguir esa línea temática volver al espacio sonoro de riqueza vocal (ese de la primera canción del disco) en su cierre de lado, después del énfasis hardrockero de "Hunting girl", la más "pesada" de esta mitad del disco.
El lado B arranca con "Velvet green", con su hermosísima y extensa introducción, y desde la letra propone el lado más "natural" -menos mítico, digamos- de la naturaleza; la voluptuosidad de los arreglos -entre lo más bello producido por la banda, qué duda cabe, y quizá la mejor canción del disco- remeda el estado de contemplación de la belleza abundante invocado por la letra, y es, en ese sentido, una obra maestra de adecuación entre las palabras y la música.
"The whistler" ofrece una textura profunda y grave en su comienzo, espléndidamente resaltada por la remezcla de 2017 de Steven Wilson, y, a su manera -por su estribillo- es lo más "pop" del disco (y por algo fue su single), y sin duda sus efectos de faseo sobre los muros de guitarras acústicas y mandolinas están entre lo más logrado desde el punto de vista del sonido, del mismo modo que las guitarras tratadas para remedar el sonido de las gaitas en "Pibroch (cap in hand)", que aporta el lado más eléctrico y hasta experimental en su cierre de lado B: el sonido de "Stormwatch" parece derivarse todo él de esta canción, en particular en cuanto a la mezcla (y el ligero reverb) de la voz de Anderson con la base musical. Pero el paisaje es lo suficientemente variado como para permitirse un pequeño interludio (5:05-6:00) más rotunda y celebratoriamente folk, acaso el último eco de esas canciones del bosque, interpretado por una banda que se aleja de nosotros como si poco tiempo atrás sus integrantes se hubiesen mirado a los ojos, palmeado las espaldas y repetido "misión cumplida".

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