jueves, 22 de junio de 2017

"Wish you were here", Pink Floyd, 1975, Harvest/Columbia


In my younger and more vulnerable years la segunda pieza del noveno álbum de Pink Floyd equivalía a un asalto directo a mi mente y mi sensibilidad, el equivalente de un concentrado de todo el miedo que no sentía en tantas películas de terror (que me fascinaban pero no asustaban, con honrosas excepciones como "Alien" y "Hellraiser"), reunido allí y compactado en la frialdad afiladísima de los sonidos de aquella máquina en la que la banda jugó a sugerir los engranajes de la industria musical (si leemos la canción desde "Have a cigar" y si pensamos que, en última instancia, hay algo especialmente sórdido en la industria del arte -iba a decir "en el arte"- y que eso contribuyó a la decadencia del fundador aparecido gordo, calvo y sin cejas en aquella sesión de estudio) pero en la que yo presentía algo más siniestro. "¿Qué soñaste? Está todo bien, sabemos lo que soñaste".
Ahora que aquellos boats against the current ya quedaron ceaselessly into the past, o al menos eso sería cómodo creer, y después de algunos años en los que, lo confieso, la obra maestra de Pink Floyd me parecía el ejemplo más terrible de una música desprovista de vida, me parece que pocos sonidos en el contexto de un álbum de rock están tan cargados de significado en sí mismos como los de "Wish you were here" en general y "Welcome to the machine" en particular: esa cosa helada, cortante, metálica e inquietantemente tenue que se desarticula en los movimientos de las máquinas y el rasguido de las guitarras, a los que la voz de Gilmour se suma como la improbable recepción de una voz humana proveniente de galaxias lejanas que, finalmente, se entiende como una casual configuración de quién sabe qué forma de información, un espejismo digamos, algo apenas más sólido que la imagen flotante de un acto de pareidolia.
El disco está enmarcado por una única pieza en varias partes, pero todas las digamos "canciones" ("Welecome to the machine" al cierre del lado A, "Have a cigar" y "Wish you were here" en el lado B) se funden tan perfectamente las unas con otras -y no sólo en un sentido literal de enganches que ya eran moneda corriente en el rock "progresivo" desde "Sgt.Pepper's" sino también desde un punto de vista temático, metafórico, alusivo y también sonoro. El álbum, entonces, no se resiente en lo más mínimo por su pasaje a la lógica continua del CD: más bien lo contrario, se vuelve más claramente una unidad, acaso como debió ser en su forma original.
Escuchar el disco que complementa la edición doble de 2011 aporta un elemento de especial interés en cuanto a esa unidad de sonido, en tanto la versión incluida de "Shine on you crazy diamond" (en vivo en Wembley  en 1974), no escindida en dos mitades y todavía de algún modo en proceso de gestación, incorpora una introducción más tensa y oscura, más inmediatamente emotiva si se quiere, que en el contexto del disco -bajo el sonido distintivo del disco, ese que se percibe tan claramente en "Welcome to the machine" y en el comienzo y el intermedio de "Wish you were here"- se convierte en es abismo pasmoso de frío y ausencia de vida -como una imagen de la Tierra más primitiva- que se cierne sobre la superficie de los sintetizadores de Wright hasta que, como en el momento de una cosmogonía, lo perturba la guitarra de Gilmour.
En cualquier caso, el disco -y "Shine on you crazy diamond"- cierra con una marcha fúnebre en la que no es dificil escuchar además que el lamento (más sutil que lo que vendría después) de Roger Waters por Barret, por la banda, por el paso del tiempo y la entropía auna suerte de banda sonora de la muerte de los setentas, una década oscura que terminaría, como todo en la historia, peor que como empezó. Hay ciertas luces y sombras en el paisaje de esa última sección de "Shine on you crazy diamond" que resuena con todas las imágenes de decandencia de otras bandas y solistas que aportaron al cuerpo sonoro de los 70s, y de alguna manera se ensambla con "Station to station" de Bowie (a la que seguirá el blindaje autista de "Low", que pudo ser crisálida) y el lento perderse de The Rolling Stones (al evocar esto siempre pienso en la foto de atardecer playero de "Black and blue"), o la rigidez mortuoria de cocaína que hizo al Led Zeppelin en "Presence".
En alguna parte del medio -aunque en rigor no lo es, pero lo parece- está "Wish you were here", una canción de una belleza asombrosa e inagotable. Y hay que reconocer el gesto de genio -que, al parecer, tuvo más que ver con la incapacidad de Waters para cantarla él y la reticencia de Gilmour a intentarlo- de poner a Roy Harper a cantar "Have a cigar": la banda es fantástica y todo, pero, al final, ¿cuál es Pink?

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