viernes, 18 de agosto de 2017

"Let's dance", David Bowie, 1983, EMI

Una de las historias más contadas acerca de la reinvención más dramática de David Bowie (o, si se quiere ser más cauteloso, una de las dos o tres más dramáticas) es que después de grabar "Under Pressure" Freddie Mercury le comentó a Bowie cuánto dinero estaba haciendo Queen últimamente. Eso, al parecer, superaba, y con creces, a lo que había ganado Bowie con "Scary monsters", un disco que, sin abandonar algunas nociones digamos "art-rock" y ser, de hecho, un disco al que cabe asociar algún significado posible del término "vanguardia", había sido pensado como una salida pop al esquema más intelectual de la trilogía de álbumes grabados junto a Brian Eno. En esa línea, todo lo de "Let's dance" es una movida segura. El cambio de productor, desde el experimentalismo de Tony Visconti hasta la sabiduría disco/dance de Nile Rodgers, es un gesto elocuente en sí mismo: Bowie aspiraba a llenar estadios y en ese esquema no cabía más el sonido de "Subterraneans" o "Weeping wall" (lo cual no quiere decir que en la gira Serious Moonlight no tocara material de "Heroes" o "Scary monsters", por supuesto).
Entonces, "Let's dance" y "Modern love" están tan llamados a ser pop desde su mera concepción que la apropiación parece tan declaradamente artificial como lo había sido el soul en "Young americans" o el rock de garage en "The rise and fall..."; pero la movida pareció aún más convincente, o, digámoslo así, el pop funciona cuando funciona, y funciona siempre.
Entonces, quizá "Let's dance" funciona en la misma línea de artificio y apropiación que sirve de eje a toda la década de los setentas -con la complicación de los álbumes de Eno, donde el artificio no funciona del mismo modo-, y por tanto permite que se lea "Let's dance" desde los mismos códigos que se lee "Aladdin sane". En ese sentido cabe preguntarse si es un álbum tan logrado como los mejores entre sus precedentes, y quizá valga la pena pensar que lo que Bowie se propuso quedó logrado, así que su "éxito" -y no me refiero a lo comercial- es más redondo que el de "Diamond dogs" o incluso "Young americans" (un disco que quedó poco homogéneo en virtud de los añadidos a último momento); pero, por supuesto, el hecho de que casi no haya riesgo en toda su lista de canciones hace que "Let's dance" parezca menos interesante. Está hecho para complacer, y complace; quizá el problema fue, después, querer repetir la fórmula sin repetirla del todo: hacer un disco tan comercial pero no tan conservador (y eso generó "Tonight", un trabajo marcadamente inferior).
Pero en cuanto a "Let's dance", también puede leerse el cuidadoso trabajo de rastreo de raices cincuenteras: la destilación pop del primitivo rock'n'roll y el doo-woop, tan notoria en "Let's dance". Hay, además, dos reversiones: la de "China girl" (destinada, se dijo, a generar regalías para un Iggy Pop en crisis) y la de "Cat people", esta última notoriamente inferior a la original (en el soundtrack de la película); son quizá especialmente interesantes, por último, las piezas que no alcanzaron el estatus de hits clásicos, como casi todo el lado B, desde "Ricochet", el cover "Criminal world" y la tenue "Shake it": muestran un lado más nocturno para el disco, después reforzado en la cosa "lunar" elegida como tema para la gira.

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