jueves, 28 de septiembre de 2017

"The giant", Ahab, 2012, Napalm Records

Estoy esperando que Ahab, quienes demostraron haber leído bien al Poe, a Hodgson y a Melville, graben su álbum -podría ser el quinto- sobre aquella novela de Lovecraft con montañas y locura en el título; el gesto de crear discos conceptuales basados en clásicos de la literatura con un sesgo digamos weird -incluso "Moby-Dick" lo tiene, y quien dude que lea el capítulo dedicado a la blancura de la ballena, que bien pudo haber engendrado a Mallarmé si no supiéramos que ese puesto lo lleva el también trabajado por Ahab Edgar Allan Poe- donde ejercer su perfeccionadisimo registro o subregistro del doom, ese que el ímpetu clasificatorio llama funeral o funerario. ¿Qué es lo que hace especialmente bien Ahab en ese contexto, entonces, y donde se nota mejor? Bueno, se nota mejor en todos sus discos, pero en particular en los dos últimos, y lo que hace mejor no es sólo particular de su subgénero sino del metal, el rock y el sonido del siglo XXI en general: hay, es decir, en Ahab en general y en "The giant" -basado en "La narración de Arthur Gordon Pym"- uno de los momentos de mayor antihumanismo registrados en la historia del rock/pop grabado y centrado especificamente en el tratamiento de la voz gutural, tan común al doom y al metal más extremo. Pero las voecs guturales -a cargo de Daniel Droste, quien también hace las otras- acá suenan a cualquier cosa menos a un ser humano cantando como se canta en el género musical que ha elegido: la lentitud impuesta por el doom parece convertir a la voz gutural de Droste en un manhojo de nervios o nervaduras, en algo rugoso e intrincado, que ha dejado atrás toda relación expresiva con lo que queremos entender como "la voz humana". Se puede leer el espléndido análisis del black metal a cargo de Eugene Thacker (en "On the dust of this planet") y extrapolar lo dicho allí a esta zona del doom cultivada por Ahab y por sus voces: cada composición, a la manera de este doom "funeral" pasa de voces que se lamentan interminablemente a una enervación de bezoares que no salen sino que crecen más "en" que "desde" la garganta de su vocalista, trabajada en el estudio con quién sabe qué carga de procesos sonoros.
El resultado es único: los pasajes de voces guturales a las más melódicas no sólo son el equivalente de pasar de una guitarra limpia a otra con distorsión presionando un pedal sino que, en efecto, termina por parecerse a la yuxtaposición de dos instrumentos fundamentalmente distintos, un timbal a un violín por ejemplo, y está claro de qué lado se apoya lo que Ahab quiere que sentamos como "humano" o "expresivo". Lo otro es la construcción de lo inhumano, entonces, que siempre conviene a estas novelas adaptadas por la banda. En el caso de "The giant" está uno de los más grandes enigmas de la literatura -tan intenso que no son pocos los escritores que han narrado para resolverlo, Verne, Lovecraft y otros tantos seguidores a su vez de estos- y su atisbo de los reinos inhumanos de la Antártida. En el asombroso "Antartica the polymorphess", de casi 12 minutos, ese paisaje es vuelto sonido de una manera asombrosa, en la que las irrupciones de voz gutural son quizá el momento más tremendo, tanto como los golpes desencajados de las guitarras cargadas de distorsión.
Los elementos más musicales terminan por parecer siempre minimalistas, como la reiteración obsesiva de un tema arpegiado al final de "Aeons elapse" o el interludio más ambient y apecible en la bellísima "The giant". El lugar de lo expresivo y melódico, aparte de en las voces/lamentos, es reclamado por uno de los momentos más emotivos del álbum, el solo de guitarra al final de "Deliverance".
Todas las piezas de este disco (6, de hecho) son largas, y "Aeons elapse" es la mayor, pero todas parecen articularse en un conjunto todavía mayor, que dura una hora casi exacta y culmina con el arriba mencionado "The giant", igual que la novela. Como corresponde al género, no hay momentos de brutalidad acelerada, pero en pocos lugares se puede sentir tanto el peso de estas guitarras como la bella textura de su sonido, grabado y mezclado maravillosamente. Y es, quizá, en esos momentos ambient, tensos, oscuros y apacibles, hechos de guitarras limpias que parecen instalarse en la frontera entre las cuerdas medias y altas del bajo ecualizadas con muchos agudos y el registro más bajo de la guitarra, hechos de arpegios trabados pero no necesariamente complejos, tan dulces como disonantes, plenos de tritonos y también terceras menores, donde Ahab brilla más instrumentalmente.

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