miércoles, 27 de septiembre de 2017

"To the bone", Steven Wilson, 2017, Caroline International


Si a alguien se le ocurre preguntarse qué efecto tienen en la cabeza musical, estética y conceptual de Steven Wilson las remezclas de álbumes clásicos del prog y el artpop, quizá la respuesta no pueda encontrarse con mayor claridad en otro lugar que en su más reciente álbum, quizá el mejor de los suyos. Es decir: "Hand. cannot. erase" (2015) y el excelente "The raven that refused to sing (and other stories)" (2013) eran ambos muestras magníficas de artesanado prog, pero si algo faltaba era un extra, por llamarlo de alguna manera, un brillo específico que fuese más allá de la evidente musicalidad y talento de su autor. Ambos discos (y los últimos de Porcupine tree) de alguna manera habían vuelto visible que una de las historias más bobas de la historia del rock (junto a la de la presunta importancia del punk, a la que está conectada) es el de la desaparición del llamado "rock progresivo"; no sólo es falso que todo eso que cabe incorporar al prog se parece entre sí y al virtuosismo musical voluptuoso y de complejidad más o menos rebuscada de bandas como Yes o ELP sino que, de hecho, ni siquiera "ese" prog desapareció del todo, refugiado o escondido detrás del metal por ejemplo y reaparecido en los noventas, donde se lo quiso llamar neo-prog pero, salvando el hecho de que en algunos casos (como en lo menos interesante del propio Steven Wilson) sí se notaba lo epigonal, lo apenas epigonal digamos, no era en rigor otra cosa que prog, música que no se conformaba con los clichés ni con ser apenas soma.
En cualquier caso, quizá le llevó hasta 2016 o 2017 a Steven Wilson comprender del todo -y saber qué hacer con esa comprensión- que de todas las maneras de ser prog, la de ese neo-prog noventero no era quizá la más interesante, y que rebuscando en el gran archivo de los ochentas (Talk Tal, Tears for fears) aparecía la receta de un prog capaz de ser pop de la manera tan brillante en que los Beatles fueron, a su manera, prog y pop a la vez. Y al entender esto, Wilson alcanzó su mejor álbum hasta la fecha.
Esto está más que claro en canciones tan frescas y deliciosamente melódicas como "Nowhere now" y tan emotivamente pop como "Pariah", pero también está clarísimo en las trabajadísimas texturas que suenan, por ejemplo, en la apertura de "The same asylum as before" o, especialmente y de manera que parece resumir el álbum completo en todas sus maravillas, al final de "People who eat darkness", tanto en la parte cuasi noise como en el final más ambient y delicado. ¿La mejor canción de 2017? Yo apostaría a que sí, y de paso también al mejor álbum.
Las once canciones suman sin saturar, pero no necesariamente avanzan mucho más una a partir de la otra: todo el disco está en todas partes, en cada detalle de cada canción; el comienzo de "Song of I" es uno de los momentos que se sienten más distantes de ese posible núcleo, pero en ningún momento parece romper el campo de posiblidades sugerido por las otras diez canciones; del mismo modo pasa con las texturas más electrónicas de "Detonation", la pieza más larga y de alguna manera también la más ambiciosa, o con la desoladora y a la vez luminosa "Song of unborn", que cierra al álbum de manera tan magnífica que parece la reiteración de otra de sus canciones, el "reprise" de esa canción ideal que ensamblan todas las del disco y que, en rigor, jamás llegamos a oir. En ese sentido, no hay puntos bajos en "To the bone"; el centro de "Refuge" es oscuro y asombroso, "Blank tapes" es sobrecogedora, "Song of I" es el mejor ejemplo de dance ominoso que haya sonado desde New Order hasta acá y el arranque con el title track no podría ser más alentador.
Quizá se trata de un álbum que debe espesarse en escuchas sucesivas, como si sólo a través de la acumulación de capas en la memoria empezaran a asomar las bellezas escondidas. Pero cuando lo hacen, vaya que lo hacen.

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