sábado, 14 de octubre de 2017

"Electric warrior", T.Rex, 1971, Fly/Reprise


Posiblemente la historia de la música en las últimas décadas del siglo XX habría sido muy diferente si Marc Bolan hubiese logrado el éxito que buscaba en Estados Unidos; fuera de esta ucronía, por supuesto, el que dio ese paso decisivo -y destronó al que a todos los efectos prácticos había inventado el glam rock, aunque hilando fino la cosa es un poco más complicada- fue David Bowie, pero ahora, que sabemos que Bowie después de exportar el glam se dedicó, entre otras cosas, a tocar soul (primero de plástico, después de cromo), inventar el sonido de los 80s en dos o tres discos intemporales lanzados antes de que terminara la década de los 70s, redefinir la fase exacta entre arte y pop y después convencer a buena parte del público (por unos meses al menos) de que venderse podía ser un gesto de vanguardia, cabría preguntarse qué habría sido de la estética de Bolan si su fracaso americano no lo hubiese deprimido. Poco antes de morir, en 1977, había encontrado en el punk la proverbial inyección de vitalidad, y quizá se acercaba a un nuevo pico de creatividad; lo cierto es que su última y definitiva obra maestra es el segundo álbum bajo el nombre T.Rex (sexto contando a los de Tyrannosaurus Rex, que en realidad no cuentan), que termina de completar el pasaje desde el folk hippie tolkieniano hasta la precisa marca retro que sería la matriz del glam rock.
Lo de retro está más que claro: basta con escuchar "Get it on" -o la buenísima "Lean woman blues"- y todos sus momentos derivados en el álbum ("Planet Queen", "The motivator" y el mejor, "Mambo sun") para pescar la referencia a un rock que recupere las marcas estilísticas del rock and roll; sin embargo, lo que hace que funcione el gesto no es tanto lo musical -los riffs boogie- sino la producción de Tony Visconti, que da un sonido totalmente distintivo a las guitarras y crea un espacio amplio pero también cargado en la reverberación y la distancia aparente de la voz de Bolan con respecto a lo que se percibe como el frente de la imagen espacial. Bolan podía susurrar, digamos, podía generar esa intimidad e inmediatez, sin perder intensidad ni, en suma, rock; de hecho, sus gritos fuera de micrófono -y por tanto ligeramente más lejanos- apuntalan esa tensión.
Están también las baladas, quizá el último resto de esos primeros años en la carrera de Bolan, y entre ellas "Cosmic dancer" es simplemente la más hermosa de las grabaciones de T.Rex: la unión perfecta entre la delicadeza y la artificialidad en la voz de Bolan y en los arreglos orquestales un poco de pacotilla: todo -y en las piezas más rock también- claramente artificial pero todavía más encantador.

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