jueves, 26 de octubre de 2017

"Live at the Bowl '68", The Doors, 2012, Elektra



El del Hollywood Bowl es uno de esos conciertos clave en la carrera de The Doors; pertenece a una etapa algo anterior a esa racha de recitales registrados -con el propósito de ensamblar un disco en vivo, cosa que efectivamente sucedió con "Absolutely live" y "Alive, she cried", antes de que empezaran a ser publicados los conciertos completos- en los que la banda estaba abocada ya a una suerte de indagación en sus raices blueseras. Los Doors del Hollywood Bowl todavía están más interesados en cierta psicodelia oscura, lo cual se nota especialmente en la sin lugar a dudas valiente maniobra de arrancar el recital con una pieza tan monstruosa como "When the music's over". Un concierto así, ciertamente, no es para gente que pasaba por ahí, vio luz y entró, del mismo modo que sugiere la inclusión de lecturas de poesía a cargo de Morrison: en "The end" y en "Light my fire", por ejemplo. Pero hay más: está "Horse latitudes", pegada a "Moonlight drive" (la versión de esta última no es tan buena como la de estudio, de todas formas), está la marvillosa "The WASP" y, especialmente, (junto al poema recién mencionado) suenan dos piezas tomadas de "The celebration of the lizard": "A little game" y "The hill dwellers". Más adelante, como introducción a "Light my fire", se escucha "Wake up!".
Para este momento de 1969 los Doors venían de tocar mayoritariamente en escenarios pequeños; el Hollywood Bowl fue, entonces, la ocasión de acceder a un público mayor. Y en lugar de pactar con una faceta más pop o condescendiente, la banda colocó toda la carne en el asador: el único momento estrictamente popero es "Hello I love you", con "Moonlight drive" siguiendo un poco de cerca. Pero abrir con "When the music's over", cerrar con "The end", abundar en poesía y tocar "Light my fire" durante casi 10 minutos, habla con gran elocuencia de que los Doors tenían sus propios intereses o que, en última instancia, les importaba operar desde esa imagen algo rebelde, algo radical, un poco extrema y sin duda romántica. Ahí, es decir, ya estaba la leyenda.
La versión de 2012, por su sonido y su setlist completo, es, por supuesto, la que hay que escuchar. El vinilo del 87 -nunca editado como tal en CD- tiene su interés histórico, pero carece justamente de los monstruos qeu abren y cierran el concierto. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante amputación? El concierto del Bowl es, justamente, eso que falta.

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