martes, 31 de octubre de 2017

"No plan", David Bowie, 2017, Columbia/Sony


Es interesante como el EP "No plan" -que vendría a ser el último disco de estudio publicado, y posthumamente, por David Bowie, al menos hasta que aparezcan más grabaciones; lo que apareció después fueron ante todo remezclas y discos en vivo- sirve como zona de intersección entre "Blackstar", esa obra maestra tardía, y el musical "Lazarus". Lo último es lo más fácil de ver: las cuatro canciones del EP son las únicas canciones originales (en oposición a versiones de piezas ya aparecidas anteriormente en la discografía) del musical recién mencionado y, de hecho, su primera aparición física fue en el CD y el vinilo de la banda sonora del musical, unos cuantos meses anterior a la salida oficial del EP, el 8 de enero de 2017 (es decir el aniversario de un año de la muerte de Bowie). A la vez, la pieza que abre el EP es "Lazarus", que fuera también incluido en "Blackstar" un año atrás. Desde ahí, entonces, cabe leer en las otras tres canciones de "No plan" una suerte de prolongación o coda a "Blackstar": están grabadas por la misma banda (Donny McCaslin en flauta y saxo, Ben Monder en guitarras, Jason Lindner en teclados, Mark Uiliana en percusión y batería y Tim Lefebvre en bajo) y en la misma estética rock/jazztrónica.
Dejando de lado entonces la canción que ya aparecía en "Blackstar", lo mejor de "No plan", sin duda, es el hipnótico y fantasmal title-track, que dificilmente podrá sacudirse su aura de mensaje desde el más allá, como si entre su sonido y nosotros se articulasen las esferas celestes y nos dejaran atisbar momentos hermosos y brillantes de música.
Quizá "No plan" -la canción- es a "Blackstar" lo que "John I'm only dancing" o "Velvet goldmine" fueron a "The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars": esa gran canción que podría haber estado en el álbum pero que de alguna manera vive todavía más si se le acepta esa condición doble de pieza que falta y cosa independiente. No sucede del todo lo mismo con "Killing a little time" y "When I met you", que funcionan perfectamente bien en su condición de outtakes o posibles lados B. "Killing a little time" es seguramente la mejor de las dos: su comienzo agresivo de guitarra recuerda la reescritura de "Sue" y "Tis a pity she was a whore" para "Blackstar", y sus teclados en plan eerie sin duda le suman puntos, en particular en relación al estribillo  "I'm falling, man / I'm choking, man".
"When I met you", finalmente, gana con escuchas sucesivas; su comienzo es oscuro y siniestro, pero pronto empieza a acomodarse en una canción que suena un poco más a "The next day" -o al punto de contacto de ese álbum con su predecesor- que a "Blackstar".
La lectura desde el musical, por supuesto, cambia las cosas; pero la única manera satisfactoria de abordarla es viendo la obra en escena: poco dice su banda sonora, que en su mejor momento parece un álbum tributo y en su peor una estilización demasiado musical de canciones cuya gracia pasaba por otro lado.

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