miércoles, 8 de noviembre de 2017

"Exile on Main St", The Rolling Stones, 1972, Rolling Stones

Quizá no sea dificil entender por qué las primeras reseñas del décimo álbum de los Stones hayan sido como mínimo cautelosas; ahora es sin duda la obra maestra de la banda, o una de sus dos (o cuatro) obras maestras, pero si bien no ofreció ningun alejamiento marcado de lo que se podía esperar de ellos, el sonido áspero, feo, estridente del álbum debió asombrar. La tradición de los discos dobles desmesurados, excedidos y de alguna manera anticanónicos (el ejemplo paradigmático sería el Blanco de los Beatles) es también más fácil de ver ahora (gracias en parte al mismo "Exile...") que entonces, y del mismo modo la carrera posterior de los Stones -menor en comparación con sus cuatro discos fundamentales: "Beggars banquet", "Let it bleed", "Sticky fingers" y "Exile on Main St"- también contribuye a valorar más el disco de 1972 o, mejor dicho, espesarle el aura de cosa desprolija, fea y absolutamente maravillosa. La combinación, por cierto, parece redundar en un artefacto cultural tan irrepetible como "Like a rolling stone", y en ese sentido el hecho de que los Stones no lograran jamás ofrecer algo 100% a la altura -y el que sus discos anteriores no se le parezcan en términos de sonido- contribuye, entonces, a individualizar, subrayar o realzar la posición del décimo álbum en la discografía.
De alguna manera, entre "Beggars banquet" y "Sticky fingers" el sonido de los Stones se había refinado y engrosado ligeramente, hasta llegar a la voluptuosidad musical de "Moonlight mile"; "Exile", que no es otra cosa que el mismo rock bluesero con toques de country que quedó esbozado en "Beggars...", se desprende de esa proyección y ofrece un sonido completamente apartado de lo que cabía esperar si se pensaba de manera lineal. No hace falta recurrir a "Just wanna see his face" para sentir el pantano sonoro en que opera el disco, y un experto en la historia de la banda sin duda podrá recurrir a los abundantes relatos de la adicción de Richards y las circunstancias de grabación (en un sótano cuya humedad, dicen algunos, puede sentirse en los vinilos originales), de manera que el sonido especial o específico de "Exile" termina por ser tan esencial a su propuesta y su lugar en la narrativa de los Stones como si fuera un álbum conceptual. Que no lo es, claro, porque es sin duda demasiado desprolijo para afinar deliberadamente una noción básica; o lo es, en última instancia, a posteriori: un concepto sonoro, no temático ni narrativo.
En esa línea de pensamiento, es cierto también que "Exile" es uno de esos álbumes que reclaman la escucha en vinilo: más que por su sonido -tan solidario como los de hardbop o cool jazz con el ruido de superficie y los chasquidos y frituras, la compresión en los agudos y la expansión espacial de las frecuencias medias- por su estructura de cuatro lados, que se pierde por completo en el modo de escucha previsto por el CD. Entonces, cada lado incluye un arranque magnífico ("Rocks off" el A; la sobrecogedora "Sweet virginia", que parece servir de sinécdoque del álbum completo, en el B; "Happy" en el C y "All down the line" en el D) y un corazón sobresaliente ("Tumbling dice" el A; "Torn and frayed" el B; "I just want  to see his face" el C y "Shine a light" el D) que parece concentrar todo lo que venía proponiéndose para potenciarlo aún más y lanzarlo adelante en la imagen del disco.
En cualquier caso, el lado B parece concentrar, a su vez, lo más bello del álbum, con cuatro canciones asombrosas; su cierre, con "Loving cup" contrasta marcadamente con el del disco D, "Soul survivor", que parece ofrecer una clausura más bien pobre a un álbum de la estatura de "Exile", salvo que se piense que el disco a todos los efectos termina en "Shine a light" y que para la que sigue todo lo que importaba ya se alejó.
Otro elemento interesante -que sí se nota en el CD- es la interacción como de zigzagueo entre rocks básicos y canciones más híbridas; así, después de "All down the line" (más pop, más swing) suena la cosa más burda -en el buen sentido- de "Stop breaking down", así como después del rock acelerado y desprolijo de "Turd on the run" suena el blues de estructura esquemática y a la vista de "Ventilator blues". La excepción podría ser, una vez más, el lado B, que parece proponer una línea más continua de canciones que apuestan más por cierta belleza emotiva.
Quizá las reseñas de la época -como tantas otras que se refirieron al álbum Blanco o a tantos otros discos excesivos- se basaron en la sensación un poco obvia de que se podrían elegir 9 o 10 canciones asombrosamente buenas ("Rocks off", "Tumbling dice", "Sweet Virginia", "Torn and frayed", "Sweet black angel", "Loving cup", "Happy", "All down the line", "I just want to see his face" y "Shine a light") y presentarlas en un álbum simple; pero es justamente en el otro lado de esta selección -las otras canciones, las más bizarras o desprolijas o feas o en apariencia improvisadas- que está de alguna manera el alma del álbum. El disco recién ensamblado sonaría más a un compilado que a un álbum propiamente dicho: la diferencia entre ambos -el doble real y el simple esbozado- es ese espejismo de concepto, de unidad estética y sonora, y es por eso que "Exile on Main St" es uno de los 9 o 10 álbumes más absolutamente fascinantes y singulares de la historia del rock, y el mejor de sus creadores.

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