lunes, 18 de diciembre de 2017

"David Bowie", David Bowie, 1967, Deram


Voy a empezar por una confesión: no soy especialmente fan de la etapa sesentera de David Bowie, y eso incluye por supuesto "Space oddity", que fuera editado originalmente como "David Bowie" en 1969; técnicamente, "The man who sold the world" también pertenece a la década de 1960, pero ya en su sonido hay elementos más que cercanos a "The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders from Mars" y, en general, a lo que hizo de Bowie Bowie hasta, más o menos, 1974, de modo que no lo cuento como uno de sus discos basales o sesenteros. No estoy señalando, por cierto, que esta vasta, para nada deleznable etapa de la obra de Bowie (entre 1964, cuando apareció "Liza Jane", su primer single y bajo el nombre "Davie Jones with the King Bees", hasta 1969, pasan el mismo número de años que entre "Young americans" y "Scary monsters", con todos los cambios que eso implica) carezca de valor; por el contrario, lo que quiero decir es que, para mí, ese valor está en el signo posible no sólo de ciertas músicas y temas sino de ciertas actitudes básicas que, por debajo de los cambios, Bowie mantendría a lo largo de toda su carrera. En ese sentido, "David Bowie", el debut discográfico publicado en 1967, establece de alguna forma la matriz de los cambios a lo largo de los setentas: Bowie, es decir, como un no-rockstar sino más bien como un "artista" o incluso un "entertainer" o, mejor, un "actor" que puede hacer uso de diferentes géneros o subgéneros siempre desde una distancia de no-compromiso total, de no-identificación, en última instancia un gesto ajeno al tosco culto a la sinceridad y la honestidad en el rock más básico. Es cierto también que esa actitud -visible en un disco que tiene un poco de todo menos rock, mayoritariamente music-hall, vaudeville y parodias de Anthony Newley- le fue sugerida a Bowie por su manager de entonces, Kenneth Pitt, pero el propio Bowie se encargaría de resaltar su no-pertenencia al rock en más de una ocasión durante los años que vendrían, y ese gesto de alguna manera retrocede hasta "David Bowie", en tanto antes de este álbum buena parte de los esfuerzos del músico (The Lower Third, The Mannish Boys, etc) pasaban por actos más rockeros o más esencialmente rockeros, abolidos conceptualmente tras la salida de su primer álbum.
Esto no quiere decir que no encuentre momentos disfrutables en "David Bowie" desde lo más estrictamente musical, pero insisto en que no puedo dejar de apreciar más aquellos momentos ("We are hungry men", "There is a happy land", "She's got medals") en los que asoma algo de lo que vendría después, sea el lenguaje mesiánico, el gesto de ambiguedad de género o la proyección más sci-fi. En cualquier caso, es inevitable pensar que un disco que empieza con "Uncle Arthur" y sigue con "Sell me a coat" no parece estar esforzándose demasiado por ganarse a su público a través de una propuesta intensa y decidida, pero después "Rubber band" y "Love you till tuesday" levantan un poco el nivel, del mismo modo que "Silly boy blue" en el lado B. 
Quizá mi momento favorito, de todas formas, sea el deforme final propuesto por "Please Mr.Gravedigger": algo que en rigor no es siquiera una canción (¿radioteatro musical?) y que acepta ser escuchado como un breve (2:35 ) paisaje sonoro cargado de oscuridad y casi tan siniestro como los momentos más ominosos de "Station to station", "1.Outside" o "Blackstar".
En cualquier caso, la versión remasterizada de 2010 es imprescindible, en tanto añade un disco bonus que cubre casi completa esa etapa 1967-69 de la discografía, incluyendo pequeñas maravillas como "Ching-a-ling", "Karma man", "London bye ta-ta", "The gospel according to Tony Day" y la excelente "Let me sleep beside you", todas, digámoslo así, mejores que lo que fue incluido en el álbum de 1967.

No hay comentarios:

Publicar un comentario