lunes, 18 de diciembre de 2017

"Lizard", King Crimson, 1970, Island


Es posible que el tercero de sus álbumes de estudio represente el momento más extraño en la discografía de King Crimson, casi tan diferente a todo lo demás como para no pertenecer a lo que es tentador pensar como la esencia del proyecto. Se dice que Fripp lo consideró durante mucho tiempo el peor de los discos de Crimson, y que sólo después de escuchar la remezcla de Steven Wilson, de 2009 y sin lugar a dudas la versión definitiva del álbum, logró reencontrarse con "la música detrás de la música". En cualquier caso, si pensamos en "In the court of the Crimson King" y "At the wake of Poseidon" como trabajos más o menos similares o equivalentes en su propuesta, "Lizard" es definitivamente algo diferente, y esto se nota desde "Cirkus", con la vocalización áspera, hipnótica y casi amelódica de Haskell, que parece expandirse un poco en la canción que sigue, "Indoor games", ambas básicamente delicados e intrincados ambientes instrumentales salpicados de cierta sensación jazzera o pseudojazzera junto a la que canta el bajista del álbum, que ya no volvería a integrar King Crimson. En el disco siguiente, "Islands" (al que personalmente prefiero), la banda parece enfilarse en una dirección definida, pero también cabría pensar que su propuesta esta dada más desde "Lizard" -donde no se le parece es porque se le opone- que desde el primer par de álbumes.
Buena parte de la estética de "Lizard", además, parece vinculable a cierta pretensión de demostrar excentricidad o una cierta locura pintoresca: tanto "Indoor games" como "Cirkus" parecen llevar esa noción incluso a sus letras, pero está mas que claro en la música (a los 4:40 aprox de "Indoor games" es hasta cursi la manera en que se cumple ese propósito), como también lo está la parodia beatle (beatles engordados, beatles pasados por un prog maníaco que ellos mismos engendraron con "Sgt Peppers") de "Happy familiy", que suena por momentos a todo "Magical Mystery Tour" concentrado en una única canción a su vez clonada con el abrumadoramente heterogéneo material genético del álbum blanco. El resultado, quizá, se acerque a lo grotesco: no en vano termina -se cuenta- con las risas de Haskell ante la tontería de las letras de Sinfield (quien le exigió repetir "hey ho" en referencia a lo que "dice" Lennon justo antes del comienzo de "While my guitar gently weeps"). Cabe pensar, entonces, en King Crimson tratando de ser más crimsoniano King Crimson. O, mejor, en la etapa barroca (en la definición borgesiana del barroco como aquel arte que limita con su propia parodia) de la banda.
Hay algo de paz en "Lady of the dancing water", pero la pieza, bella como es, no llega a ocupar el lugar de los momentos más digamos "pastorales" de los álbumes anteriores, quizá porque el ruido de las tres precedentes nos dejó los oidos formateados para otra cosa, o quizá porque el uso de los bronces es una vez más autoparódico y ante este elemento extrañamos la posible dosis de humor que sí tenía al menos "Happy family".
El lado B está dedicado por completo a "Lizard", una pieza en cuatro partes que incluye a Jon Anderson. Esto parece distanciar aún más a esta música de lo que asumimos como cercano a la esencia de King Crimson (Anderson canta demasiado melodiosamente, demasiado llamativamente para una banda que nunca se propuso centrada en el desempeño vocal de su cantante), pero la sección que sigue ("bolero - the peackock's tale"), con su musicalidad más voluptuosa y evidente parece restaurar la estética del lado A en una versión más equilibrada y agradable del ímpetu autoparódico. Pasada la mitad de la pieza suena "The battle of glass tears", quizá su mejor momento y por una vez algo en este disco que cabe asociar a las secciones instrumentales más extrañas -y cacofónicas-
de "At the wake of Poseidon".

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