jueves, 28 de diciembre de 2017

"Ray of light", Madonna, 1998, Maverick/Warner Bros

Supongo que dice algo de mi percepción de la obra de Madonna el hecho de que sea el séptimo de sus álbumes mi favorito, pero esta percepción puede ser rastreada a algunas notas básicas de "Ray of light" que, dada cierta estética más o menos establecida como cercan a la propia sensibilidad, puedan proponerlo cómodamente como el mejor momento de la discografía. Es, en cualquier caso, un trabajo de evidente interés: en la línea de "Low", se trata de uno de los cruces más felices entre pop y electrónica y ambient, pero para 1998 esto no significaba lo mismo que en 1977, no por lo presuntamente "arriesgado" del juego -eso no interesa acá, donde estamos hablando en principio de pop, incluso electro-dance-pop-progresivo o cualquier coordinación de etiquetas que se quiera proponer- sino porque el gesto de Bowie no podía tomar a la electrónica como un género a trabajar, en tanto entonces lo que ahora llamamos electrónica -igual que el "heavy metal" cuando Black Sabbath grabó "Master of reality"- no existía como género y sí como un conjunto de procedimientos más o menos de vanguardia por entonces tan ligados al minimalismo como a otras formas experimentales de música no centrada en lo músical o, a lo sumo, música que privilegiaba lo rítmico y lo tímbricó por encima de las consabidas armonía y melodía. Y el gesto de Madonna -como tantos otros cruces pop/rock/electrónica de los 90s tardíos, desde Bowie y U2 hasta Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, es decir artistas "rock" o "pop" que se acercaban a la electrónica, en oposición a artistas de electrónica que se acercaban al pop o el rock, como podría pensarse en, por ejemplo, The Prodigy o Underworld- sí podía percibir a la electrónica como un género y, de hecho, un abanico de subgéneros, con una historia específica y su propio conjunto de procedimientos consagrados por una tradición. Pero, curiosamente, y a diferencia del Bowie de "Earthling" o los U2 de "Pop", Madonna no da un salto tan marcado como el que separaría a un acto enteramente rockero -"The bends"- de uno hibridado con electrónica y otras hierbas -"Kid A"-, en tanto ella ya parte de ciertas apropiaciones pop de la electrónica, que de hecho arman la historia de la electrónica y la historia del pop en los ochentas. Pero entonces, ¿por qué se percibe o se percibió con tal distinción "Ray of light"? No porque Madonna no hubiese incursionado antes en piezas atmosféricas -¿qué otra cosa sino electrónica atmosférica sería "Justify my love"?- ni mucho menos porque la electrónica estuviese ausente de su propuesta, sino porque, simplemente, en "Ray of light" es ese componente ambient y atmosférico el que estructura al álbum o el que define uno de sus ejes posibles, que tiene su origen en los primeros 2:47 minutos de "Drowned world/Substitute for love" (o sea, cabría pensar, "Drowned world" a secas) y se prolonga en la impresionante "Skin", eclosiona en la base misma de toda "Forzen" y empieza a deslizarse fuera del álbum (o hacia su otra línea) en "To have and not to hold". No quiere decir esto que otras piezas del álbum carezcan de este lado ambient, sino más bien que lo dejan en segundo plano frente a esa versión de un pop electrónico y deliciosamente texturado que encuentra en la segunda parte del primer track su momento basal ("Substitute for love", es decir), y que brilla en "Ray of light", una pieza pop a la altura de lo mejor de cualquier década. Esta línea prosigue en "Candy perfume girl" (que acaso anuncie la dirección que tomaría Madonna en el que sería su disco siguiente) y el techno/gnosticismo de "Little star". 
En cualquier caso, Madonna se cuida de que su incursión ambient esté lejos de cualquier variante digamos "fría", cerebral y/o generativa del género, y pasada la mitad del disco parece necesario establecer que todo el juego textural sirve a propósitos no sólo expresivos (como la bellísima "Drowned world" o esa otra maravilla que es "The power of goodbye") sino incluso "espirituales", y allí suena esa conjunción de electrónica, texturas e hinduismo en "Shanti ashtangi", que preanuncia esa otra apelación al alma o al espíritu enroscada entre bits y pixeles en "Matrix revolutions". Como en los grandes álbumes conceptuales, la riqueza de líneas de expresión se manifiesta también en los cruces entre esos caminos posibles de lectura; no sé los otros discos de Madonna, entonces, pero "Ray of light" -y acá, insisto, no disimulo estar accionando un conjunto de valores muy específico, en el que King Crimson vale por 100 Eagles o Lynyrd Skynyrd o incluso 2,75 Fleetwood Mac- es una obra maestra sonora y uno de los mejores discos de su década.

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