lunes, 18 de diciembre de 2017

"Roots to branches", Jethro Tull, 1995, Chrysalis

Sin duda lo más notorio a primera vista del decimonoveno álbum de estudio de Jethro Tull son sus sonoridades indias y árabes, que parecen ocupar en la propuesta el lugar de las melodías folk inglesas en clásicos como "Songs from the woods". Pero el álbum es más variado que eso y más interesante también; es cierto que para 1995 cierta world music fusionada con el rock era un elemento común a la obra de músicos de los sesentas y setentas que hacían su regreso a sus anteriores niveles de calidad tras un vacío importante en los ochentas (no fue el caso específico de Jethro Tull, ya que, en rigor, su retorno a la forma operó en 1987 con "Catfish rising", y se prolongó hasta 1991, cuando salió "Catfish rising", acaso el mejor de esa última trilogía de discos), y si bien hay por ahí alguna que otra pieza fascinante, en el caso de "Roots to branches" el poder sugerente de la hibridación rockera/prog/world music más o menos se termina después del title-track. No porque lo que sigue ("Rare and precious chain", por ejemplo, que es una canción más que interesante) no valga la pena, sino porque de alguna manera ese proyecto de mezcla empieza a agotarse rápidamente o a verse desplazado por otros elementos destacables del disco. Entre ellos, la performance de Ian Anderson en la flauta, acaso la mejor desde fines de los setentas, y, naturalmente, el trabajo siempre consistente y sólido de Martin Barre.
Es decir, la intro de "This free will", con sus modos árabes, ya se siente consabida en el contexto del álbum y lleva a concluir que, por el lado de la hibridación, no habrá más sorpresas. Quizá porque no debe haberlas, por cierto, y no ha de buscarse nada más aparte del gesto de incorporación. Finalmente lo que termina por emerger es la vieja modulación del hard rock que atraviesa la discografía de la banda, especialmente intensa en "Valley", uno de los mejores momentos del disco; acaso otra instancia de especial interés en esa línea sea "Dangerous veils", donde también suena algo del ímpetu de hibridación.
El disco prosigue con momentos de gran belleza y musicalidad, pero la inmediatez de las primeras canciones y de sus momentos más hardrockeros parece haberse alejado; la introducción acústica de "At last, forever" sin duda vale la pena, pero el sonido de sintetizadores en "Stuck in the august rain" no parece a la altura y acerca la canción a un gesto algo cursi, previo al final en perfil bajo propuesto por "Another Harry's bar", que suena casi a un descarte de "Crest of a knave".
Quizá lo más extraño de este disco, en última instancia, sea su producción y su sonido, ligeramente más pálido y hosco que lo que acaso cabía esperar para una producción de 1995. Sin duda eso contribuye a darle a "Roots to branches" una -injusta- valoración como un disco promedio, ni lo más flojo de la banda ni una propuesta a la altura de sus mejores momentos de los setentas. Pero, en última instancia, cabe pensar en el de 1995 como el último gran disco de Jethro Tull, así sea nada más por su title-track, la que lo sigue y el par de canciones en el centro.

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