lunes, 18 de diciembre de 2017

"Último bondi a Finisterre", Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, 1998, Patricio Rey Discos


Loops, texturas que remiten a la música electrónica, trabajo de estudio en oposición a la expresividad de la música en vivo y el impulso a acercarse a cierta contemporaneidad parecen nociones peleadas con la condición más fácilmente pensable desde no tanto los álbumes en sí sino más bien la leyenda o la presunta "alma" o "esencia" -actualizada por sus seguidores acérrimos y por la crítica que más o menos los representa- de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, y por eso, casi con certeza, el octavo álbum de la discografía fue y es resistido por los fans, pese a que no pocas de sus canciones parecen haberse elevado al estatus de clásicos de la banda. ¿Pero y si de "Último bondi a Finisterre" fuéramos a decir que se trata del mejor álbum de los Redondos? No sólo no vale la pena establecer esas jerarquías sino que, notoriamente, el pronunciamiento es inseparable de un lugar estético o incluso ideológico de enunciación, y por ahí, en la consideración de ambas cosas y de esa suerte de desafío a ciertos preceptos básicos de la "esencia" de la banda es que el disco adquiere al menos un relieve especial y por tanto un interés que no necesariamente despiertan discos como "Lobo suelto/Cordero atado" o "Bang bang estás liquidado". Hay, en última instancia, un interés por el sonido, un interés digamos específico ya no por un sonido "mejor" que "realce" el trabajo expresivo de la banda sino por un sonido que signifique en sí mismo, y ahí suenan los graves bien definidos, los agudos centelleantes y esa sensación de cosa "digital" que luego la letra -y, después de todo, ¿no es en las letras ("el pinche y los canallas") donde la estética ricotera no cambia desde "La mosca y la sopa" o incluso "Luzbelito" y el álbum de 1998?- de "Alien duce" (gran momento del disco) resaltará con la declaración "dios es digital", que a fines de los 90s dio a un gran amigo mio la oportunidad de encontrar, para mi generación inmediata, su lugar de un Dean Moriarty/Neal Cassaday o quizá también un Carl Solomon en su supernova de misticismo digital, declarado a los gritos a una Montevideo sinécdoqueada por la estación de Afe a medianoche.
Pero si los Redondos eran una banda expresiva (es decir, la que canalizaba la expresión de una individualidad estética e ideológica, sin importar que tal individualidad coagulara ante todo en una entidad fiticia, Patricio Rey, no muy diferente a la manera en que Fripp habla de la "presencia del rey" cuando distingue al proyecto de banda Discipline de lo que luego sería la etapa ochentera de King Crimson) está claro que los loops y los trucos de estudio si no niegan al menos tuercen o desplazan esa expresividad; pero sería un error pensar que "Último bondi" es el disco "electrónico" de los Redondos, en el sentido en que también es un error pensar que "Earthling" es el álbum DnB de David Bowie: en ambos discos hay mucho más, por más que los dos arranquen con una declaración especialmente fuerte en cuanto a una estética electrónica: "Earthling" para Bowie (efectivamente una pieza DnB) y la buenísima "Las increibles andanzas del capitán Buscapina" para los Redondos. Pero está claro que "El árbol del gran bonete" (con su solo que parece remitir al sonido cansado de "Presence", de Led Zeppelin) no necesariamente se inscribe en la misma estética, por más que entere ambas haya una continuidad de sonido (los mismos graves, los mismos agudos, el mismo lugar algo filtrado y afinado de la voz de Solari). Quizá, incluso, los mejores momentos del disco -y acá cabría preguntar los mejores desde qué perspectiva- escapan un poco de lo que podría haber sido un disco entera/declaradamente "electrónico" (un "Pop", digamos, aunque el de U2 tampoco es del todo homogéneo en este sentido), y ahí está el solo de violín de "Scaramanzia" y, después, la coda orquestal que trepa por encima de la percusión. Es decir: incluso si la batería no fuera pensable por fuera de su programación electrónica, o incluso de su sonido tratado (ecos de "Low"), esos elementos instrumentales desplazan el foco de interés del disco tan dramáticamente que parece inevitable reiterar la idea de que, al final, los arreglos orquestales parecen derrotar la base rítmica, elevarse por encima de ella y de alguna manera aplastarla. De hecho, la introducción de "¡Esto es todo amigos!" hace precisamente lo contrario: tras unos compases en plan punk, ingresa el cuerpo completo del sonido del disco, y ahí todas las texturas y la producción de corte "electrónico" adquieren el primer plano, con sus loops, sus sonidos de sintetizador (como se habría dicho años atrás) y sus FX.
Quizá entonces valga la pena pensar que los mejores momentos del disco son los que colocan ambas variables (lo expresivo y el sonido más clásico de la banda, los procesos, los loops y lo "digital") a la par, particularmente lo que pasa entre las estrofas y los estribillos de "La pequeña novia del carioca", y, acaso de manera más sutil, en "Estás frito, angelito", con su vuelta Kashmiresca en los acordes de la guitarra. Pero incluso si hacemos abstracción de estos elementos "digitales" y pensamos ante todo en el sonido, queda clara la diferencia entre como suena en el álbum "Gualicho" (otro de sus momentos mayores) y una posible versión tocada desde el sonido de, pongamos, "La mosca y la sopa"; el factor decisivo, es decir, es el sonido, y en última instancia, programación y loops aparte, ese es el elemento fundante del lugar especial de "Último bondi..." en la discografía de los Redondos.

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